El nido infinito (o porqué todos necesitamos libros para chicos). Por Rafael Barriga

06 Sep El nido infinito (o porqué todos necesitamos libros para chicos). Por Rafael Barriga

Gran parte de lo que leo es literatura infantil. Espero que no sean son los últimos años de tal cosa, porque mi hija menor se aproxima a ser una niña grande. Espero poder seguir leyéndole en voz alta toda la vida, y quizás no serán precisamente libros infantiles los que ella prefiera. ¿O sí? Ojalá que sí. Durante los últimos trece años he descubierto la belleza y la enorme diversidad de la literatura infantil, y eso es algo que no ocurrió en mi infancia, por tantas razones que el espacio no cabría para contarlo.

Al contrario del cine o la televisión infantil, artefactos que los encuentro repetitivos –con grandes excepciones– y en varios casos peligrosos –clasistas, racistas e inmensamente pro-corporativos–, la literatura infantil, en muchos casos, refracta el mundo y no necesariamente lo refleja. Kat Patrick, joven autora británica, lo dice bien: “los libros para chicos ofrecen una forma de hacer sentido a un mundo que gira tan rápido que te marea permanentemente; la claridad se junta con lo absurdo, y las cosas invariables de la vida, como el amor, la soledad y la muerte son retratadas con gran simplicidad y muchas veces con gran sentido humano. Aun mejor: los temas, las tramas y los personajes no tienen miedo en confrontar una vida arbitraria y aleatoria”.

Los libros de niños nos sirven a los adultos hoy, cuando estamos gobernados por una serie de monstruos que se asemejan admirablemente a los peores villanos de dicha literatura. ¿Qué mejor arma que saber, a través de ella, de qué están hechos, cuales son sus puntos débiles y cómo derrotarlos? Nos sirven –los libros de niños– no solo para que nuestros niños adquieran, como dicen los ineficientes planes de lectura, el “habito” de la lectura, sino también para poder redescubrirnos, todos, como simples seres humanos capaces de sorprendernos, sentir miedo y alegría frente a ficciones absurdas. El absurdo, por ejemplo, de “Alicia en el país de las maravillas”, es el ejemplo clásico de ese lugar donde el mundo está refractado –es decir gozosamente modificado– y no simplemente reflejado. Estar cerca de la literatura infantil es, de hecho, una forma de entender el espiral de la vida, que no es un camino recto donde uno nace, crece, se reproduce y muere, sino que todas las cosas ocurren sin que uno pueda preverlas y muchas veces en sucesiones caóticas.

Hay algunos excelentes libros infantiles hechos en Ecuador. Por desgracia son todavía la gran minoría. Una editorial independiente, Deidayvuelta, se ha estado esmerando –como algunas otras– en presentar ediciones de gran calidad, ya no solo para los más jóvenes, sino para todos. Esta semana, por ejemplo, presentan un bello y conmovedor nuevo libro, llamado “El nido infinito”, escrito por Liset Lantigua e ilustrado por Miti Miti y Majo Rodríguez. Matilde y yo lo hemos leído ya dos veces y nos abrazamos de la emoción ante la bella y conflictiva fábula. El título del libro me parece apropiado para describir lo que puede producir la lectura compartida, la posibilidad de que chicos y grandes se sienten juntos a leerse los unos a los otros. El nido infinito. Ojalá podamos conservarlo.

No Comments

Post A Comment